Lunes, 28 de marzo de 2016

"Ser buen jinete es condición para ser buen picador"

En la sesión que ahora se ofrece de la Tertulia Taurina Jerezana, celebrada en el bar La Garrucha, de la avenida Caballero Bonald, se aborda la figura del gran picador Martín Toro Ramírez, recientemente fallecido en Jerez con la edad de noventa y tres años, a consecuencia de un derrame cerebral.

Para desarrollar el tema tertuliano se reúnen los habituales, como Jerónimo Roldán, Rafael Valenzuela, Pepe Belmonte, Marciano Breña Galán, el antiguo novillero Soto Paula o Juanma Villegas. En este homenaje íntimo dedicado al gran picador contamos, como invitado especial, con Martín Toro hijo, que nos habla de primerísima mano.
Martín Toro se crió, igual que sus hermanos, en la finca “El Injertal” de don Félix Moreno, término de Palma del Río (Córdoba).

Con diecinueve años se vino a Jerez porque empezó a trabajar como mayoral en la finca de Picao, de García Barroso, cerca de Algar. En Jerez se casó y tuvo a sus hijos. Por ser buen jinete, ya tenía una experiencia como picador de tentaderos y empezó a ser reclamado como picador para diferentes cuadrillas. Empezó con Juan Antonio Romero y siguió con Rafael de Paula y Limeño, para asentarse con Rafael Ortega y luego con Ruiz Miguel, junto al que estuvo veintidós años, hasta que se retiraron juntos en la plaza de Zaragoza en 1988. Tras la jubilación, Martín Toro si bien no se desvinculó de los toros sí desconectó profesionalmente.


Como filosofía de picador, pensaba que su actuación en la plaza debía ser lo más sencilla posible, sin aspavientos y estando en la plaza el menor tiempo posible. Picar bien no exigía formar un espectáculo. No era partidario de mover el brazo sino de mover el caballo, despacio y sin grandes voces. Así, mereció unas palabras elogiosas de Joaquín Vidal en crónica publicada en El País.
Se hace referencia a la nutrida nómina de picadores originarios de Jerez, que arranca ya desde principios del siglo dieciocho y llega a nuestros días. También se recuerda el homenaje a todos los picadores que en esta ciudad se hizo en su día a propuesta de Miguel Zarzuela. Sin embargo, Martín Toro no tenía un modelo en el que fijarse, lo que no era obstáculo para ser él un modelo admirado en las plazas de público aficionado, especialmente en el tendido del 7 en Las Ventas.

También el propio Martín Toro hijo, aunque no ejerció de mayoral, practicó la puya, con cuadrillas incluso de matadores de primera fila, como Paula, Ruiz Miguel, Galloso o Padilla. Fue una experiencia grata, pero tuvo que dejarlo cuando se generalizó la transmisión televisiva de las corridas; entonces se mejoraron los ingresos a cuenta de  los derechos de imagen y salieron picadores de todos los sitios. Eso le llevó a decidir que era el momento de dejarlo, para instalarse en Sevilla y dedicarse a la administración de fincas agrícolas.


Considera que la suerte de varas no debe cambiarse mucho respecto a cómo se practica ahora, salvo detalles. Piensa que en las escuelas taurinas cabría incluir enseñanzas del manejo de la puya, aunque para picar bien es importante mover el caballo y ello donde mejor se aprende es en el campo, no sólo en los tentaderos sino en las faenas diarias con el ganado. Finalmente se muestra contrario a la idea de suprimir la sangre en las corridas (que es lo que ocurre en las touradas portuguesas), porque hacer sangrar al toro es necesario para la posterior faena.

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