Gorilas en la niebla

Martes, 11 de junio de 2019   -    José María Aguilar

Gorilas en la niebla

Samuel Bartram era portero del modesto Charlton Athletic inglés, donde llegó a jugar 623 partidos, y pasó a la historia por ser el protagonista de una de los sucesos más simpáticos del siempre prolífico anecdotario del fútbol británico. Y no es para menos ya que en el día de Navidad de 1937, la mayoría de partidos programados en Londres para esa fecha quedaron suspendidos debido a una intensa niebla con la que se amaneció. Sin embargo, el colegiado responsable del partido que debían jugar en Stamford Bridge el Chelsea y el propio Charlton decidió que se debía jugar. El encuentro comenzó en medio de una densa niebla y estuvo marcado por no pocas interrupciones a la espera de que se disipase, volviéndose a reanudar al cabo de unos minutos. Con el 1-1 en el marcador, y en la reanudación tras el descanso, el árbitro decidió suspender definitivamente el encuentro ya que las condiciones de visibilidad eran cada vez peores. Todo el mundo abandonó el césped, los aficionados a sus casas y los jugadores a vestuario. Todo el mundo excepto Bartram.

El bueno de Sam se quedó bajo palos. No oyó el silbato del árbitro suspendiendo definitivamente el encuentro. Si antes de vez en cuando veía a sus propios compañeros y a rivales merodear su área y en otras ocasiones veía sombras a lo lejos, luego estuvo unos 15 minutos sin ver ni oír nada. De vez en cuando se acercaba al borde al área, pero volvía bajo palos. Pero algo barruntaría cuando empezó a avanzar metros, sigilosamente, más allá del área de penal. Como un gato queriendo cazar un ratón, como quien sale de su zona de confort... Sam iba avanzando, acercándose al medio campo para tener noticias del partido. Poco a poco fue dándose cuenta de que su equipo no dominaba tan insistentemente a todo un Chelsea como en principio parecía, sino que sencillamente no había nadie en el campo ya. De camino a vestuarios vio que los banquillos estaban vacíos y que en la grada tampoco quedaba un alma. Sam estaba sólo.

El año pasado Edu Villegas, tan portero como Sam Bartram, no estuvo sólo en la confección de la plantilla pese a ser la persona responsable en ese área del club. Se fichó de todo un poco: jugadores contrastados, proyectos de futuro, veteranos, nóveles, exóticos, de la zona... Hubo lagunas, pero se hizo equipo de calidad para luchar por la zona alta. No vinieron suficientes sub-23 de garantías que completaran el plantel ni hubo soluciones para los que ya estaban pero que apenas aparecieron. Pero sí hubo unos aciertos memorables que elevaron el nivel del equipo respecto del que consiguió el ascenso a Tercera. En cambio, esta vez Edu ha decidido coger la mano de todo un veterano de esta categoría y compartir la potestad con el míster Andrés García Tébar para que tenga voz y voto en la confección de la plantilla. Y no se le caen los anillos en decirlo a boca llena en busca de un trabajo de equipo que, por general, suelen acabar bien. Y todo ello sin menoscabo ni un ápice de la responsabilidad que el director deportivo tiene a la vez que se aumentan los recursos y, por tanto, la exigencia en el técnico manchego. Se suele decir que de un buen matrimonio salen buenos hijos y de esa comunión dependerá en gran parte el éxito de la temporada que se avecina.

El silencio del terreno de juego de Stamford Bridge que tanto extrañaba quedó abruptamente roto con las carcajadas y burlas de los compañeros de Sam Bartram en el vestuario del Charlton. Y en cierto modo esta curiosa historia me ha recordado a la soledad que suelen ostentar quienes tienen que tomar decisiones en una organización. Edu Villegas no es persona que suela eludir responsabilidades, más bien lo contrario, como los buenos porteros y como lo fue Sam aquella fría mañana de 1937. Por ello creo que no le hará mal apoyarse en quien, al fin y al cabo, los tendrá que dirigir hacia el objetivo para su cometido estival de confeccionar la plantilla que quede campeona del Grupo X de Tercera. Y es que a veces un portero tiene que mantener una postura erguida para ver el horizonte y, en otras, arqueada y en seguridad, con la tensión y la fuerza de un gorila... aunque esté en la niebla.

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