Granada, perfumada por los arrayanes

Martes, 12 de septiembre de 2017   -    Juan Félix Bellido

Granada, perfumada por los arrayanes

En los poemas epigráficos de la Torre de la Cautiva, Ibn al-Yayyâb, uno de los dos grandes poetas de la Alhambra, escribe: “La gloria de Granada es brillante, porque / se ha convertido en la casa de la generosidad; / la capital del reino es famosa en la tierra / por estar perfumada por los arrayanes: / su Alhambra es especialmente noble porque / se ha convertido en morada de los más grande reyes”. Famosa en la tierra, en los tiempos dorados que el poeta canta, en los que los nazaríes construyeron ese espléndido  conjunto palaciego que hoy es líder en visitar por parte de los visitantes que acuden a Granada, que fascinó y sedujo a los escritores románticos; y famosa después, pues siguió a estos esplendores, otros como los que trajo, después, la conquista de los reyes castellanos, y que dio paso a la Granada renacentista que, también hoy, nos sigue fascinando. Morada de grandes reyes, conquistó hasta tal punto a los reyes cristianos que la conquistaron, que quisieron que Granada fuese también, su morada eterna. Isabel y Fernando, quisieron ser enterrados allí. Y lo hicieron en el corazón mismo de la ciudad. En una singular capilla, construida para ello, frente a la antigua Madraza –la universidad coránica de Granada, hoy edificio muy transformado pero que conserva su oratorio primitivo-, al costado de la Mezquita mayor –que hoy ocupa la Catedral y el Sagrario- y, cerca, muy cerca del antiguo zoco- delante mismo del Corral del Carbón, la alhóndiga –lo que fuera alojamiento de mercaderes y mercancías-; Granada, último resplandor nazarí, esplendor primero del renacimiento español en la monumentalidad de muchos de sus edificios.           Conocida por el visitante, lo que es polo de atracción principal de la ciudad, la Granada musulmana, con la Alhambra y el Generalife como buque insignia, el barrio del Albaicín, el citado Corral del Carbón, o la Madraza, los baños árabes, etc., conviene al viajero, zambullirse en el estallido renacentista que sigue a la conquista cristiana de la ciudad. Sólo doce años después de la entrada de los Reyes Católicos en la ciudad, se comienza a diseñar lo que es el primer edificio cristiano de la misma, la Capilla Real, a la postre panteón de estos reyes. Es curioso que –aún cuando ya en Castilla el estilo renacentista se estaba usando con eficacia- se proyecta en gótico tardío. Con él se comienza a salpicar lo que fue la última ciudad musulmana de la península, con edificios cristianos, con lo que se transformará su aspecto. Uno de los objetivos de la política de la monarquía de los Reyes Católicos. Y, a partir de ahí, al esplendor nazarí lo sustituirá otro esplendor, que el visitante, no puede dejar de contemplar, el renacentista. En él, la figura más emblemática es la de Diego de Siloé, constructor, entre otras muchas cosas, de la Catedral.           En nuestro recorrido por la Granada cristiana –y visto ya el magnífico palacio de Carlos V en el corazón mismo de la Alhambra- podemos comenzar por la Capilla Real, un edificio muy singular, con la cripta de enterramiento de los reyes y los sepulcros de Domenico Feltrinelli, como también alojamiento de una estupenda colección de cuadros que merecen su visita. De ahí a la Catedral, construida por Siloé y rematada con una estupenda fachada barroca de Alonso Cano. En su sacristía una de las más delicadas piezas del escultor y pintor, la pequeña pero valiosa imagen, de su Inmaculada. Entre un edificio y otro, la Capilla del Sagrario.           Desde la Catedral, podemos caminar hasta el Monasterio de San Jerónimo, otro gran conjunto fundamentalmente renacentista y, desde luego, al Hospital Real –hoy rectorado de la Universidad-; y del renacimiento al barroco, que joyas representativas del mismo también tiene Granada, para dejarnos impresionados. La Iglesia de San Juan de Dios, que guarda los restos del fundador de la Orden Hospitalaria, que precisamente Granada vio nacer; la iglesia de San Justo y Pastor, las Angustias, y desde luego, la Cartuja de Granada, donde encontramos una auténtica apoteosis barroca.           Y para dar descanso a nuestros pies y respirar el aire fresco de baja de la sierra, a tomar algo en la Plaza de Bibarrambla o pasear hasta la Plaza Nueva y contemplar el magnífico edificio de la Chancillería, en admirable contraste con la torre mudéjar de Santa Ana. Y concluir tomando un te en las teterías que han brotado como hongos en los alrededores de la calle de Elvira, en donde San Juan de Dios, siglos atrás y cuando la Orden Hospitalaria era sólo un lejano sueño, abrió una librería, junto a la famosa puerta por donde entraron en la ciudad los Reyes Católicos, para recorrer esta calle de tantos antiguos sabores.           La monumental Granada cristiana, que recibe el perfume de arrayanes de la Granada musulmana. Compiten en esplendor y se funden ambas en la actual Granada, heredera de tanta riqueza y que en su moderno desarrollo se proyecta hacia el futuro. Por ella, valdrá la pena perderse y saborear su encanto. En el paladar nos llevaremos su rica gastronomía, y en nuestra maleta, algunas piezas artesanales, como los objetos en taracea o las herencias de la alfarería y de la cerámica nazarí. Granada, perfumada de arrayanes, como la percibía Ibn al-Yayyâb, vibrante corazón renacentista de Andalucía.

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