Ronda, rozando el cielo

Sábado, 8 de julio de 2017   -    Juan Félix Bellido

Ronda, rozando el cielo

“Ronda tiene uno de los castillos más formidables y elevados, que lo coronan las nubes a modo de turbante y  como si lo engalanaran con collares dobles de perlas variadas”, así la veía, en el siglo XII, Abu l-Fida. Y es que Ronda se levanta casi tocando el cielo, en el corazón mismo de la  Serranía que lleva su nombre, asomándose con vértigo sobre el famoso Tajo. “Su horizonte está siempre brumoso”, decía otro poeta anónimo del siglo XI, y es que la claridad lechosa de la sierra abraza la ciudad y la sumerge en un ambiente de ensoñación, envolviéndola en un especial encanto. Ronda, la que tanto pasado musulmán alberga y que tanto atrajo a los viajeros románticos, en busca del encanto de su medina, con la magnificencia de sus palacios, el elevado balcón sobre el tajo que hoy rompe la ciudad en dos mitades, el puente que las une en un alarde arquitectónico sin par, es una localidad digna de ser visitada y saboreada también hoy.   La Ronda musulmana, poblada principalmente en la época de la invasión por beréberes, lo que no la priva de contar en su población con muchas familias muladíes, mozárabes, indígenas, se adhiere enseguida al joven príncipe omeya Abd Al-Rahman I para ya en el siglo X ser, según Al-Razi, plaza “muy fuerte y muy antigua”.               Los avatares históricos hasta que el 22 de mayo de 1485, la conquistase para los reinos cristianos Fernando el Católico, son muchos. De allí fue gobernador Yazid Al-Radi, hijo del rey poeta sevillano Al-Mutamid, que escribe un melancólico poema a su muerte: ”...di a las estrellas brillantes que lloren conmigo. /  Juntos les lloraremos, juntos seremos tristes”.               De aquella época quedan importantes huellas en la Ronda actual que el viajero recorrerá a pie para contemplar sus rincones y sus calles. El Puente Viejo, los Baños Árabes, la Muralla y la puerta de Azijara, el alminar de San Sebastián, la Puerta de Almocábar –que era principal de la ciudad y que como su nombre indica conducía al cementerio musulmán de la ciudad-, aquel maravilloso arco del Mirhab, de estilo nazarí, escondido en el interior de la Iglesia de Santa María la Mayor. Bajar hasta los baños, en un entorno encantador al lado del Arroyo de las Culebras, cerca del Puente Viejo, al lado de la que fuera sinagoga y hoy es capilla de la Cruz, y junto al puente de San Miguel que aunque es de origen árabe se le ha conocido siempre como el puente romano. Bajar hasta aquel entorno vale la pena. Otro gallo cantará a la hora de subir las empinadas cuestas para volver al corazón de la ciudad. Y el cansancio se hará sentir más si tenemos el atrevimiento de entrar en la que hoy –de manera imprecisa- llaman casa del Rey Moro y nos da por bajar a la Mina de Agua (siglo XIV), que no es sino una profunda escalera en zigzag excavada en la roca y que salvan 60 metros de desnivel desde la ciudad hasta el río. Una escalera de 365 peldaños de los que hoy se conservan 200. Merece la pena visitarse, pero también es indispensable que nos lo tomemos con calma y que antes de emprender la “aventura” descansemos en los maravillosos jardines de la casa, en una extraordinaria balconada sobre el tajo, y que fueron diseñados por Forestier en 1912.             De la época ya cristiana muchas son las joyas que custodia Ronda. Templos cristianos como, el del Espíritu Santo, el de Padre Jesús con una fachada torre del siglo XV en el Barrio del Mercadillo, la iglesia del Socorro, la iglesia del convento de la Merced y la ya mencionada iglesia de Santa María la Mayor, con la casita de la torre adosada a ella, un estupendo edificio de corte mudéjar. La balconada de esta iglesia, en lo que constituye una original portada, servía como la del Ayuntamiento que completa esta estupenda plaza, de palco para contemplar las corridas de toros que allí se celebraron.               Y los palacios de Ronda, con sus hermosos patios y sus imponentes fachadas, importantes exponentes de la arquitectura civil rondeña. El Palacio del Marqués de Salvatierra, el de Mondragón; y casas, con hermosas fachadas y estupenda planta: la de San Juan Bosco, la del Casino o Circulo de artistas...               Ronda, cuna de toreros y de artistas, es cuna de intelectuales como Francisco Giner de los Ríos (1879-1949), creador de la Institución Libre de Enseñanza, y de poetas como Vicente Espinel (1550-1624), creador de la décima que lleva su nombre. Y en su memoria, hombres como Orson Welles, Hemingway, Joyce que precisamente en Ronda termina su celebre obra “Ulyses”. Y, naturalmente,  el poeta Rilke, que aquí vivió y escribió durante una larga temporada y que en su carta a Rodín, desde la ciudad del Tajo, escribía: “Ronda es una comarca incomparable, un gigante de roca que sobre sus espaldas soporta una ciudad pequeña...”. Pequeña, quizás en dimensiones, pero grande como joya del arte y de la historia.

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