200 palabras

Domingo, 2 de abril de 2017   -    Antonio Aguayo

200 palabras

Leía estos días pasados un informe acerca de la riqueza, o mejor dicho pobreza de lenguaje de nuestros adolescentes. Si hace unos años el vocabulario empleado normalmente por una persona medianamente culta era de unas tres mil palabras, (me estoy refiriendo a lenguaje oral, no escrito, que es mucho más abundante) hoy día el número de palabras que utiliza un adolescente medio no excede de las doscientas. Ante tal descenso cabe preguntarse a qué es debido esta drástica reducción de la riqueza lingüística.
Podemos buscar muchas y variadas causas, todas ellas válidas, o mejor dicho, aclaratorias. En primer lugar tendríamos la invasión de una cultura visual, el uso de Internet, el empleo masivo de los mensajes de texto, en los cuales se tiende a las abreviaturas, (qué harán con el tiempo que ahorran). Sobre todo, yo encuentro una causa fundamental, que es la falta de cultura lectora. No importa que en los institutos y colegios se mande leer al alumnado determinados libros. El resumen exigido se obtiene de Internet, cumpliendo el trámite sin necesidad de haber leído ni una sola línea del texto, obviando algo fundamental, que sólo mediante la lectura se puede obtener un vocabulario rico, extenso, que ofrezca matices, sutil y diverso.
No es fácil hacerle comprender a nuestros jóvenes los beneficios obtenidos de la lectura de los libros. ¿Para qué voy a leer si puedo esperar a la película? Se ha perdido la cultura de la lectura, se ha perdido la cultura del esfuerzo. Es mejor que todo te lo den hecho, no tener que prestar atención a la lectura. Se ha perdido el gusto por la imaginación. Sería difícil de hacerle comprender la cantidad de vidas que hemos podido vivir gracias a la lectura los que hemos sido lectores habituales, a veces incluso compulsivos. (Por cierto, que querrá decir esa palabra)
La televisión, los videojuegos no dejan apenas margen a la imaginación. Cuando estos jóvenes, chicos y chicas, llegan a la facultad, no les es fácil comprender que se debe de tener una bibliografía, y ampliar información. No es complicado detectar en los trabajos que se mandan las copias literales de los textos de Internet. (A veces incluso ni se molestan en eliminar los enlaces) Y no digamos si nos ponemos a exigir un mínimo de ortografía. Si se tuvieran en cuenta las faltas de ortografía, pocos serían los que podrían aprobar. Sólo es posible una correcta escritura si ha habido previamente una abundante lectura.
Dejando aparte cuestiones de índole académico, nos encontramos con una sociedad en la que prima una simpleza mental realmente dramática. Con doscientas palabras que puedan utilizar diariamente, el discurso ha de ser, necesariamente, simple, plano, sin matices. No le podemos pedir a nuestra clase política que en un discurso se hable de ideas. No se va a entender por parte de una gran parte de la población, que lo único que le va a interesar es el aspecto físico del candidato o candidata de turno.
¿A quien favorece esta situación? ¿A quien beneficia esta incultura? ¿Cómo hemos dado lugar a llegar a una situación así? La respuesta es difícil, y no creo que sea única y unívoca. Son muchas las causas y muchos los causantes, pero lo cierto es que una incultura de tal calibre al único que beneficia es a una clase dirigente que no quiere un pueblo culto, un pueblo instruido, un pueblo crítico. En mi generación, que me tocó en parte vivir la dictadura franquista en mis años más jóvenes, en mis años de formación, de instituto, de universidad, el estudio, la instrucción, era una forma de rebelión, de lucha por salir de la pobreza, no sólo económica, si no también y sobre todo cultural. Hoy, aparentemente no hay que luchar contra ninguna dictadura, (habría mucho que hablar de eso) por lo que la instrucción, el estudio, puede ser un lujo prescindible. ¿Qué más quiere el poder? Es difícil luchar si no se tienen las armas necesarias.
Esta necesidad de preparación, de cultura es, si cabe, más necesaria en las chicas, en las mujeres, para las cuales la cultura ha estada siempre vedada, procurando el patriarcado mantenerlas lo más alejadas posible de las lecturas, y no digamos de la escritura. Una mujer que lee es peligrosa, y si encima escribe, puede tranquilamente dedicarse al peligroso hábito de pensar, y al final, incluso, van a querer tener los mismos derechos que los hombres.
Y me gustaría recordar para finalizar, que la única manera de ser, de sentirnos libres, es la cultura, el estudio, para poder tener opinión, para que nadie piense por nosotros. Atrévete a pensar, atrévete a ser libre. Y doscientas palabras es muy escaso bagaje para tan ardua tarea.

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