Paco Algora

Jueves, 30 de marzo de 2017   -    Juan Félix Bellido

Paco Algora

El tiempo pasa veloz. Tempus fugit, que diría el clásico. Y ya hace un año que me falta el amigo. Es de justicia que reverdezca el recuerdo. Lo escribí para tu libro “Con la soga al cuello”, hoy lo transcribo aquí como homenaje al actor, al escritor y, sobre todo, al gran amigo que fue. Pude despedirme de él unas semanas antes de su fallecimiento en un día soleado en Vejer donde hicimos planes de nuevas ediciones, de nuevos proyectos, sin saber que a vuelta de unos días le esperaba la muerte. Ahora lo hago con el Epílogo que me pidió para un libro suyo: «Epílogo, me pides, que le ponga a tu libro, “que en mi vida me he visto en tal aprieto”. Dicen que es colofón, cierre final o recapitulación de un texto. ¡Qué atrevimiento el mío al aceptar empresa tan difícil! Soy yo quien se encuentra con la soga al cuello. Pero si ya tiene epilogo este libro. Lo hace al final Martín, tu personaje, en medio del atronador ruido de sirenas que precede a la caída del telón. “Las palabras siempre vencieron a las balas”. Y en su intención, que es la tuya, queda prendida la frase a este lado del telón paseándose por el patio de butacas, trepando por el anfiteatro y saliendo a la calle por la puerta. Esa celebración de la palabra que es el teatro, proclama, celebra, denuncia, mueve y remueve, agita, se cuela en las reflexiones de los espectadores y se queda prendida en sus conciencias, como semilla viva dispuesta a romper la dura capa de terreno que quiere sepultarla, y brota verde y espigada, para transformarse en tallo, flor y fruto. Así nació el teatro, o para eso lo hizo. Lo conoces de sobras después de tantos años sobre las tablas, poniendo voz y gesto a los clásicos antiguos y más nuevos, a los modernos, a todos los que tuvieron fe y se atrevieron. Fue catarsis, denuncia, diversión, ironía, y hasta auto sacramental. Hasta que la pandilla de cuarenta ladrones de Alí Babá quisieron hacer plano el pensamiento para mejor manipularlo y emitieron sentencia condenando al teatro porque abonaba y sacudía el arma más potente de los hombres: el pensamiento.
De hecho, la palabra teatro viene del griego theatron, que significa lugar donde se mira o se contempla, y de la palabra drama, que también viene del griego (δρᾶμα), y quiere decir acción. Una acción que se contempla y que produce una mímesis (μίμησις, del verbo μιμεῖσθαι, imitar) y una catarsis (κάθαρσις, purificación). Peligrosa conjunción de acciones y potente resorte para remover conciencias. Afortunadamente en estos “terribles tiempos oscuros, en que vivir es un reto”, como expresas en uno de los poemas de tu libro “Romance de locos, coplas de ciegos”, tú has decidido aceptar el reto y seguir proclamando la palabra, como lo hiciste en tu anterior obra dramática “Me llamo Jonás”. “Con la soga al cuello” sigue proclamando la palabra, denunciando el tiempo gris que nos consume, lo representa y proclama, y remueve una conciencia anestesiada que huye de las preguntas, que se evade por vericuetos turbios, que se atiborra de nadas indecentes y estériles, que mata el tiempo mirándose el ombligo, cuando no lo hace asomándose al vacío y “cantándole a la luna” y empamplinándose con el “canto de los grillos”.
Este libro es otra de tus formas de salir a la calle y dar valor a la palabra, de sacarla a las plazas, a los pórticos de la iglesias, a los lugares donde está la gente, como fue en otro tiempo, como se ejerció la profesión de cómico, que tú ejerces tan bien, con una vocación que es imprescindible y sin la que lo más probable es convertirse en esas pantomimas que salen en la tele sin la menor preparación y con la única convicción de codearse con todo el famoseo insulso y que para no saber, no saben ni leer, ¡que ya es delito!
Muchos agradecemos que hayas vuelto a tomar la palabra y a blandirla para ganar una batalla, convencido –como el Martín de tu obra- que éstas “vencieron siempre a las balas”. Son ellas esa arma “cargada de futuro”, como diría Celaya. Te imagino, conviviendo con ellas, trabajando con ellas, proclamándolas desde las esquinas a los cuatro vientos. Y haciendo como Neruda proclamaba en “Confieso que he vivido”. “Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto trasmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada”.
Y tú tienes además el arte de resucitarlas, de serles fiel, de proclamarlas, de no traicionarlas y de gastar tu vida en este empeño.
Cae el telón, y esa semilla recién arrojada desde el proscenio ya no es tuya y sale a la calle alojada en nosotros para germinar en miles de jardines. Esta vez las arrojas también desde este libro. Y esta vez el telón no se resigna a caer y sigue abierto. Se lo llevaron todo, como te he oído decir muchas veces, pero, como Pablo Neruda afirmaba, “nos dejaron las palabras”.»
Hoy 30 de marzo de 2017: De ti nos han dejado tantas cosas y el vacío se me llena con tu recuerdo. Tantos paseos por Jerez contigo, llenando la conversación de sabiduría y de esa honestidad intelectual que tanto me enseñó  

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