68 años por El Carmen

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Jueves, 9 de febrero de 2017   -    A. Cañadas

68 años por El Carmen

La Hermandad de la Sagrada Lanzada está de cumpleaños, ya que celebra estos día su 68 aniversario, de ahí que no esté de más recordar cómo fue el apasionante nacimiento de una cofradía que no tuvo nada fáciles sus inicio.

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Hacemos un poco de historia, para recordar que los ánimos por Jerez no estaban precisamente tranquilos, y en esa situación se alcanzó el mes de mayo de 1931. Hacía poco más de un mes que había sido instaurada la República, en la jornada del 14 de abril, provocando el exilio del Rey Alfonso XIII así como la formación de un Gobierno Provisional presidido por Niceto Alcalá Zamora y formado por republicanos de izquierda y derecha, socialistas y nacionalistas, que inmediatamente tuvo que responder al ansia general de reformas capitaneando diversas medidas, que entre otras cosas originaron un fuerte enfrentamiento con la Iglesia Católica. Fruto de todo ello, el anticlericalismo latente en la vieja sociedad española afloró de nuevo con virulencia, siendo durante esos días asaltados, robados, profanados y quemados cientos de templos y conventos, así como expoliado casi todo el patrimonio eclesial.

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En este clima de crispación absoluta, el día 31 se organizó en la ciudad una partida con fines asaltantes, que echando abajo la puerta de la iglesia del Carmen comenzó a destrozar todo cuanto se encontraba a su paso, quemando sus imágenes y muebles y destrozando los libros sagrados, al tiempo que mancillando entre muestras de evidente sarcasmo, cuanto tenía que ver con Dios y con su grey. Primero fue la nave el objeto de sus iras, y más tarde el presbiterio, accediendo posteriormente a las dependencias interiores del cenobio, y en primer lugar, a la sacristía. Allí se encontraba, presidiendo la misma, un crucificado precioso de indudable valor y de tamaño natural, que era atribuido por algunos al maestro Alonso Cano, y por otros a Diego Roldán, nieto del gran Pedro Roldán y sobrino de Duque Cornejo, aunque otros tantos afirmaban sin temor que se trataba de una obra de Camacho de Mendoza. En cualquier caso, era éste un detalle que no importaba lo más mínimo a los salteadores, quienes en cuanto vieron la imagen, tuvieron claro cuál sería su destino:

- Éste, al suelo... ¡Vamos!

Sin mediar palabra, varios de ellos se subieron a la cajonera situada bajo el Cristo, propinándole una fuerte serie de machetazos en las piernas y en los brazos, a fin de intentar así, hacerlo caer de donde se encontraba. Viendo que aquella acción no respondía a su furia venenosa, ataron un par de cuerdas a cada lado de la cruz, y tirando con bravura siguieron intentando que la talla rodara por el pavimento, resquebrajándola incluso y dejándola tan sólo amarrada al Sagrado Leño por el clavo de los pies. Pero en vez de conseguir abatirla, una fuerza misteriosa siguió atrayendo a Jesús hacia la pared, creciendo el cansancio entre los invasores, y en algún momento determinado, hasta un rayo de preocupación en el rostro de los más jóvenes.

- ¡Me cago en la puta! ¡Todos a la vez, joder!

No había manera. Estaba claro que el Cristo no quería bajar de ese modo de aquel rincón en el que tanto tiempo llevaba permaneciendo, siendo así que uno de los improvisados ‘descendedores’ inmediatamente echó a correr, al ver cómo ni al segundo ni al tercer intento podían tantos hombres alterar lo más mínimo la posición del Señor. Un desertor que rápidamente fue seguido en su despavorida huida por unos cuantos más, saliendo de un convento donde a partir de entonces se contó que el Cristo de la sacristía había hecho huir a los asaltantes, mediante aquel milagro del 31 de mayo.  

A raíz de este episodio maravilloso, y una vez el culto católico hubo retornado al templo de la plaza del Carmen, la Comunidad tuvo a bien colocar la imagen del crucificado en la nave del Evangelio, justo en la cabecera de la misma, tal era el constante incremento devocional que poco a poco comenzó a girar en derredor del Señor. Fue precisamente en ese enclave donde despertó el interés de un grupo de jóvenes cofrades, estudiantes en su mayoría pertenecientes a la Escuela de Comercio de Jerez, quienes a punto de llagarse a la mediación del siglo XX solicitaron permiso para abordar la fundación de una cofradía que le rindiera pública veneración, gestionando así el embrión de lo que no mucho tiempo después sería la ‘Hermandad de la Lanzada’.

Para ello se llevaron a cabo decenas de reuniones en las propias dependencias de la Escuela, así como en otros locales cercanos a la misma de las calles Lealas o Jardinillo, contándose en todo momento con los frailes custodios de la talla, así como con otros cofrades de más experiencia en este tipo de cuestiones. De esta forma se alcanzó la creación de una Junta organizadora en febrero de 1947 que elaboró unos Estatutos básicos, y así se alcanzó igualmente el día 9 de febrero de 1949, fecha en la que la autoridad eclesiástica, dos años después de germinada la idea, daba luz verde a la erección canónica en Jerez de una nueva cofradía de penitencia. Una hermandad que se establecía en base al misterio de la Sagrada Lanzada de Nuestro Señor Jesucristo, aquel al que ni las hachas ni lanzas de los más feroces habían podido derribar de su altar, tan sólo dieciocho años antes.

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