Cómo humanizar un mundo inhumano

Jiří Weil y cubierta de Mendelssohn en el tejado.

Martes, 24 de enero de 2017   -    Luis Galindo

Cómo humanizar un mundo inhumano

Praga como escenario. 1942 como año de partida. La guerra apunta a un cambio de rumbo, pero la ciudad sigue ocupada por los nazis. Y entre el dolor, la crueldad y la barbarie, algún que otro guiño cómico mezclado con mucha ironía y sátira. Y una narrativa muy cuidada de una ficción que retrata magistralmente cómo se vive una guerra en una ciudad ocupada. Mendelssohn en el tejado es el título de la novela en la que Jiří Weil humaniza un mundo inhumano. 

Con una edición sobresaliente de Impedimenta, que ha rescatado 50 años después una obra que no estaba traducida al castellano, este libro comienza con un hecho surrealista. Los nazis deciden retirar la estatua del músico judío Mendelssohn, pero acaban derribando la de otro músico, Richard Wagner, tras haberse llevado por un criterio de lo más cómico: eligieron la estatua que tenía la nariz más grande al entender los obreros encargados del asunto que este era un rasgo característico de los judíos. Ese punto humorístico va dando paso a situaciones más dramáticas. Pero, entre la tragedia y la tristeza, Weil logra confeccionar un relato reconfortante. 

Con personajes complejos, pero bien definidos, y con un hilo argumental sin fisuras, el autor -superviviente del Holocausto nazi que logró esquivar su deportación a un campo de concentración- firma una obra de miedos, pero también de lucha. Mendelssohn en el tejado trata de ser fiel con la historia y recoge hechos reales como el asesinato en plena calle del oficial nazi Heydrich. El lector se encontrará con un libro de contrastes, una historia que no podía faltar en nuestro especial de libros sobre el Holocausto y que nos lleva del día a día de la población checa a las batallas internas de los opresores. 

"El lóbrego paisaje lluvioso, la sombría y vacía planicie sumida en el humo y la niebla, el andén de carga de la estación de ferrocarril, los vagones de ganado, de los que salían tambaleándose, medio asfixiados, los hombres, mujeres y niños con hatillos y maletas y, por supuesto, con la estrella amarilla cosida sobre el pecho. Y los guardias de las SS golpeándoles con porras, obligándoles a moverse deprisa, haciéndoles tropezar y caer en el pegajoso barro para luego pisoteares con sus pesadas botas herradas. Los gritos y la sangre, los llantos de los niños, los disparos, el largo camino hacia el campo de concentración y los cadáveres tirados en las fosas".  

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