Aún aprendo

Miércoles, 18 de enero de 2017   -    Antonio Aguayo

Aún aprendo

Cuando Goya realiza este dibujo contaba aproximadamente  con ochenta años de edad. Huyendo de la opresión del régimen absolutista del rey Fernando VII, emigra a Burdeos con el pretexto de buscar un remedio para sus males en las aguas termales de dicha ciudad. Francia se le muestra como un oasis de libertad, tras la dura etapa que ha vivido en España, donde la Inquisición, por su ideología afrancesada y liberal le ha venido siguiendo los pasos, debiendo recluirse en un auténtico exilio interior, acentuado además por su sordera, que le lleva a la realización de las incomparables Pinturas negras, durísima crítica a la España que le había tocado vivir, y que constituyen un auténtico grito de rebeldía contra la opresión absolutista, no destinadas a ser vistas, pero que suponen una válvula de escape a su ansia de libertad.
Establecido en Burdeos, donde el color volverá por fin a su obra en la maravillosa Lechera de Burdeos, Goya entra en contacto con las nuevas técnicas de grabación que se están desarrollando y que él, hasta ahora, desconocía, como es la litografía. El dibujo Aún aprendo, realizado con lápiz litográfico, y de hondas resonancias emblemáticas, representa a un anciano, de luengas y blancas barbas, que caminando lentamente, apoyado en dos cayados, sale de la oscuridad, dirigiéndose hacia la luz. No se trata exactamente de un autorretrato, sino más bien un retrato alegórico de lo que ha sido su vida, como artista y como persona.
Esta imagen de Goya, como el eterno aprendiz, como el constante buscador de novedades, como el perfecto inquieto, que huye de la monotonía y la ignorancia, creo que puede ilustrar perfectamente la idea del ser humano, inteligente, capaz, que en un constante proceso de aprendizaje, busca su reafirmación como persona. Es la inquietud, la curiosidad, el instinto de husmeo, lo que nos diferencia de los animales, basados en el simple instinto, que se limitan a repetir lo ya sabido y transmitido de generación en generación. Si esto es así, ¿qué está pasando en nuestra actual sociedad, que los jóvenes no se sienten atraídos por el estudio y el conocimiento? Leía en la prensa hace unas pocas fechas que un profesor ha dirigido una carta a sus alumnos explicándoles el por qué de sus suspensos, y reflexionando sobre la falta de esfuerzo que muestra toda una generación de estudiantes, que considera que el estudio es un castigo, y que prácticamente el profesor ha de darle las gracias a su alumnado por estudiar. El profesor, hacía una reflexión que me pareció muy profunda, y es que la vida no tiene recuperación. Las oportunidades no se repiten. Cada una de estas ocasiones que se desperdician es una pérdida irrecuperable.
Parece mentira que en estos tiempos de dura competitividad en los trabajos, donde cada vez se requiere una mayor preparación y cualificación, nos enfrentemos al hecho de que en todos los órdenes de la vida se esté buscando el no tener que realizar esfuerzo. Los alumnos y alumnas no pueden llevar tarea para casa. No hace falta estudiar. Lo que se les explica en clase no precisa un aprendizaje posterior, no necesita una reflexión, una maduración, un esfuerzo, en definitiva. Todo tiempo de aprendizaje ha de ser lúdico, no ha de representar el menor esfuerzo para el alumno, y el profesorado, parece ser que ha de convertirse en un mero animador cultural.
Lo único que realmente nos hace libres es el conocimiento, pero este ha de adquirirse con esfuerzo, con voluntad. No puede aspirarse a obtener una sabiduría, una capacitación, sin el esfuerzo de buscarla. Es necesario adquirir el hábito de pensar, pero para eso se precisa voluntad. ¿Qué o quien nos ha llevado hasta este punto? ¿Por qué se nos ha abocado a una situación que a estas alturas parece casi irreversible? Es evidente que no es ajena a esta situación las leyes de educación que potenciaron el paso de nivel, la promoción de curso, con varias asignaturas, abocando a un alumnado, muchas veces desmotivado a llegar a una edad en la que ya no podrían recuperar un tiempo perdido. Pero, vuelvo a preguntármelo, ¿por qué se ha promovido semejante aberración? Ante esta pregunta solo caben dos respuestas: o bien el legislador que ha impulsado las leyes no tenía conocimiento de lo que debe ser una formación y una educación, o bien, y esto creo que es más peligroso, ha sido una ignorancia buscada y deseada. Es más fácil gobernar a un pueblo ignorante que a uno que esté preparado.
Me gustaría pensar que aún estamos a tiempo de concienciar a las nuevas generaciones, y que abandonando la actual tendencia de desidia y abulia, se retome el peligroso hábito de pensar, y todos, como Goya, podamos decir en cualquier momento: Aún aprendo.

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