Sucedió una noche

03/01/17 +Jerez Juan Ignacio López


Hacía frío. El año acababa de empezar.

Iba a ser la primera Noche de Reyes sin ellos en casa. Ese año tocaba así. Divorciado, con hijos pequeños, había dispuesto los preparativos para que en la mágica mañana del seis de enero no faltara detalle: los regalos colocados entre el árbol y El Misterio, y alguna huella ‘evidente’ de que los Magos de Oriente habían pasado por allí.

En el trabajo, trataba de disimular un semblante de temor a la soledad en una fecha tan señalada. Una fría noche, donde predomina la estampa familiar y los nervios ante la llegada de los Reyes Magos. 



La noche anterior a la cabalgata, un amigo irrumpía en su casa: uno de aquellos imprevistos que alegran la vida o distraen las preocupaciones.

Al abrir la puerta se topó con una sonrisa de oreja a oreja. Su amigo portaba una caja de vino a la altura del pecho: “¡Feliz Año, amigo! ¡un abrazo!”, le dedicó.

La llegada de los Magos era inminente, pero un regalo prematuro acompañó a un brindis con dos copas de amontillado: “La Noche de Reyes no vas a estar solo… Vas a repartir ilusión... Tendrás que dejarte pintar, eso sí. Capa, túnica, corona y todos los avíos. Y en las manos, guantes, no se te olviden…” le advirtió.

Sucedió una noche. Esa noche de cinco de enero, en lugar de ahogarse entre la soledad y la melancolía, el protagonista de esta historia fue ‘embajador’ de los Magos Oriente. Por unas horas recibió lo que, probablemente, después de sus hijos, significaría uno de los regalos más hermosos e inolvidables de su existencia. Ataviado y concienciado sobre el personaje y las normas para la puesta en escena, repartió regalos en una barriada rural, hasta donde no llegaba la cabalgata. La experiencia casi consiguió dispersar el anhelo por no acostar a sus hijos esa noche y mandarles a dormir pronto, como manda la tradición.

Como no podía ser de otra forma, la escena de la ilusión se repetía sucesivamente en plena madrugada. Una vez finalizado el recorrido, regresó a casa. Repasó al detalle el salón, apagó la luz y, una vez desprovisto de los atuendos y lavada la cara hasta eliminar el maquillaje, se acostó. Lo hizo con el gesto que brota en el rostro y el alma  cuando te sientes satisfecho. La experiencia había resultado de lo más gratificante y emotiva. 

Ocho y media de la mañana. Sonó el teléfono:

-“¡Papá, han venido los Reyes Magos!”.

-“¡Aquí también! ¡y han dejado cosas para los tres! ¿a qué hora venís?”-contestó conteniendo la lágrima y el temblor en su voz.

Ese Día de Reyes, el sol brilló de manera especial. Cuando llegaron a casa, antes de correr en busca de los regalos, abrazaron a su padre. Una estampa de ilusión, ternura y algarabía, digna de los últimos fotogramas de “¡Qué bello es vivir!”. Era el mejor regalo que podía recibir.

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