El pasado, como los buenos libros, nunca se olvida

Darío Vilas y Babujal.

Lunes, 12 de diciembre de 2016   -    J. Berto

El pasado, como los buenos libros, nunca se olvida

Puede que sea coincidencia o no, pero últimamente nuestros libros nos llevan al pasado por el camino de los recuerdos. A las reseñas recientes de Aquellos maravillosos kioscos y Viñetas, tenemos que añadir la de otra novela con la que vamos a viajar a décadas pasadas. Babujal (Stella Maris) es el título de un misterioso drama que lleva la firma de Darío Vilas, un autor del que ya tuvimos la oportunidad de hablar en MASLEER con motivo de la publicación de El hombre que nunca sacrificaba a las gallinas viejas
 
Ahora nos encontramos de nuevo con sus letras, pero con un giro diferente en cuanto a estilo narrativo. En esta ocasión, la fantasía forma parte del relato pero como un elemento más realista que complementa la narración. Y el terror juega un papel menos visual y sentido, teniendo un carácter más psicológico y emocional. El autor juega en la trama con el pasado y el presente con tres puntos de partida. Uno de ellos, centrado en Belchite, pueblo sacudido durante la Guerra Civil. 
 
Ana es la protagonista, la mujer que regresa a España, tras recibir dos noticias que marcan el punto de partida de la novela. El mismo día se entera de la muerte de su padre y de la próxima paternidad de su hijo que le convertirá en abuela. Estas dos razones le llevarán a abandonar su feliz vida en París para enfrentarse a un pasado que creía tener olvidado. 
 
Sin embargo, sus temores regresan una vez que se encuentra con parte de lo que fue. El horror de la Guerra Civil vuelve a su memoria junto a un asesinato que nunca se resolvió y el pánico horrible a una palabra: Babujal. Darío Vilas ambienta con nota el paisaje social y rural de la España de los años 50 en una novela que transcurre con un ritmo más que aceptable y mantiene la intriga hasta el final.  
 
“De cualquier modo, sabía que estando las dos solas en la casa era cuestión de tiempo que volviera a empezar. Y no podía evitar sentir miedo de ella, en cierta manera. Le costaba distinguir los rasgos de la mujer en aquella piel acecinada, en sus ojos hundidos y sin brillo. Su cara estaba apenas revestida de piel pegada contra el cráneo; era una muerta en vida. Un esqueleto recubierto de un cuero cuarteado y una mata de pelo que Ana tenía que ocuparse de mantener limpio y cuidado, para disimular un poco los efectos devastadores de la enfermedad”. 

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