Patrimonio, política y sociedad

Sábado, 15 de octubre de 2016   -    Antonio Aguayo

Patrimonio, política y sociedad

Todos los días asistimos, y cada vez con menos asombro, al deterioro del patrimonio que conforma nuestro acerbo cultural. Se caen edificios, se derriban otros, se manipulan estructuras urbanas, se deterioran o se dejan deteriorar, elementos urbanos que deberían ser el orgullo de todo pueblo. 

En el fondo el problema es de educación. Si a todo niño o niña, en la escuela, en el colegio, en el instituto, se le hiciera comprender, al mismo tiempo que se le enseña a leer, a escribir, a contar, y con en el mismo nivel de necesidad, lo que significa la importancia del patrimonio, lo mismo que el niño o niña que ha aprendido a escribir, no puede dejar de saber hacerlo, tampoco sería posible que ese pequeño despreciara o destruyera el patrimonio, porque sería algo que consideraría como suyo, como su segunda piel. Pero desgraciadamente no ocurre eso. El conocimiento del Patrimonio, su defensa, no está contemplado con la intensidad necesaria. Si así fuera no existiría la falta de sensibilidad con que se trata el tema.

No es solamente esta falta de sensibilidad por parte de una sociedad, que se puede aducir que carece de conocimientos. Se trata de la incuria, desidia y abandono con que las autoridades tratan el tema. El patrimonio no es rentable, y cuando hablamos de rentabilidad estamos hablando en votos. ¿Por qué se desprecia lo que es la herencia cultural de un pueblo? Probablemente porque ese mismo pueblo, por la educación recibida, considera que ese patrimonio, esos edificios, esos bienes, no le pertenecen, se consideran ajenos a ellos, como parte de un legado perteneciente a una sociedad de elite, a la que no se siente ligado. Ahí es donde radica el problema. En no hacerle comprender que el patrimonio es de todos y todas, que no es de una élite, de una casta aparte.

Las autoridades contribuyen igualmente a esa desidia. La ciudadanía ve, impasible, como los edificios mas emblemáticos de la ciudad se van deteriorando, empobreciéndose, desapareciendo, sin que los responsables hagan nada, no muevan un dedo, porque, como hemos dicho, no da votos, no es rentable. Y ahí está el error, el patrimonio ha de ser rentable.

No se puede considerar el patrimonio, los bienes culturales, como un resto muerto del pasado. Hay que considerarlo como algo, que viniendo del pasado ha llegado hasta nosotros para enseñarnos una parte de nuestra historia, como nuestra memoria, y al mismo tiempo para que nos valgamos de ellos. Un edificio cerrado, puede ser muy bello, pero estará muerto. El edificio ha de estar abierto y vivo. Sólo así sobrevivirá a su propio deterioro, pero al mismo tiempo dará puestos de trabajo y generará riqueza. Sólo hay que tener la intención política de saber aprovecharlo.

Las autoridades esperan que declaren cada uno de los bienes, Patrimonio de la Humanidad, así ellos podrían apuntarse el tanto, institucionalizar esa parte del Patrimonio y dejar que muriera de gloria. Eso sí, con una placa que dijera que se había logrado tamaño honor bajo el mandato del político de turno.

Corren malos tiempos para la defensa del Patrimonio. Debería haber una sensibilización en la ciudadanía que exigiera a los responsables culturales de la política que se implicaran activamente. Por cada una de las piezas, de las obras que cada año, cada día se pierden, los políticos responsables deberían dar cuenta de su gestión, y exigirles responsabilidades, no tan sólo políticas, que en este país no se estila, sino penales.
Es su responsabilidad. No lo olviden, señores políticos.

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