Viaje por 'La España maldita'

Lorenzo Fernández Bueno y cubierta de La España maldita. Foto autor: Planeta.

Miércoles, 7 de septiembre de 2016   -    Manuel Muñoz

Viaje por 'La España maldita'

Fenómenos sin explicar, tesoros ocultos, enigmas por resolver, fantasmas y lugares que quitan el sueño. El siguiente libro no podía faltar en nuestro especial sobre libros de misterio.  La España maldita (Luciérnaga) es el título en cuestión de un libro que lleva la firma de Lorenzo Fernández Bueno. 

Ordenado por historias y lugares de fantasmas y brujas, leyendas o no, pueblos malditos, demonios y exorcismos, ovnis, historias apócrifas y templarios, el autor nos ofrece casi 120 enclaves para conocer más sobre esos rincones de una España que transita entre desapariciones, maldiciones y hechizos. Un libro para amantes del misterio, para lectores que no tengan miedo a los relatos para no dormir. Un viaje por sitios tenebrosos que incluso nos conducirá hasta las entradas al infierno. 

Desde las voces de Belchite hasta la búsqueda en España del Grial, pasando por el hombro lobo de Allariz y los fuegos de Laroya. Una ruta bien definida y estructurada en capítulos cortos que nos aportan pequeñas pinceladas sobre las leyendas, historias y realidades de esos parajes que ha conocido de primera mano Fernández Bueno

El autor, que actualmente dirige las revistas Enigmas y Año Cero, ya ha escrito con anterioridad títulos como 50 lugares en los que pasar miedo, Las claves del Código da Vinci o La guía del terror. Notablemente documentado, La España maldita recorre pueblos malditos, fenómenos sin aparente explicación y lugares con aroma a misterio y leyenda. Una lectura recomendada para lectores inquietos, para aquellos que sin miedo quieren saber más sobre lo desconocido. Y por conocer, en el libro nos encontraremos hasta con el mismísimo hombre del saco.  


"El exorcista empezó a hacerle pruebas. Durante meses le dio un sobre cerrado, a veces con hojas en blanco, otras con imágenes de santos, de la Virgen... Sin saber qué había dentro, y bajo severos controles de observación, cuando estaba en blanco no pasaba nada, pero si había una imagen sagrada lo tiraba al suelo como si la quemara. En mitad de las clases de religión parecía entrar en trance; entonces él le hablaba en catalán, y ella respondía a la perfección -evidentemente la niña no conocía este idioma-. Después fue pasando al latín, al griego, al francés o al inglés, y llegó a la conclusión de que aquello sobrepasaba lo normal". 

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