El Macondo español

Miguel de León y la cubierta de Los amores perdidos.

Jueves, 14 de abril de 2016   -    R. G.

El Macondo español

Un autor con una biografía de novela escribe la novela de su vida en Los amores perdidos (Plaza & Janés) una mirada a la España de posguerra escrita con un estilo cultivado al sol de la pasión por los libros. Una narración intensa boradada sobre un tapiz familiar con un gusto y una capacidad narrativa que recuerdan a Gabriel García Márquez.

Como apasionado del Nobel colombiano y también coleccionista -como el autor- y lector de su obra, me ha fascinado esta historia de amores imposibles, de familias enfrentadas y del particular Macondo de Miguel de León. El Terrero, un pueblo canario, es el escenario sobre el que transcurre en mayor parte un relato que también viaja hasta Nueva York.

Los amores perdidos es una novela de las que te marcan, de las que sientes mientras lees, de las que te apena terminar. Con un final muy bien rematado tras todos los lazos biertos de una historia alimentada deliciosamente por las descripciones. La relación de Arturo y Alejandra, una pareja de idas y venidas, marca el devenir de esta novela coral en la que las familias Bernal y Quíner muestran sus diferencias.

Con unos personajes muy perfilados y unos tiempos marcados perfectamente, el libro está dividido en tres partes. La primera de ellas nos introduce en el contexto y los personajes. Y posteriormente caminaremos por una trama y un desenlace que nos muestran los miedos, la falta de libertades y las cicatrices de la dictadura. Todo esto retratado de una forma excepcional entre traiciones, amarguras y recuerdos por los que se fueron y ya no está. 

        "Los recuerdos de sus días más felices llegaron en tromba y recorrió las estancias tan queridas llorando con amargura por su madre, por su abuela, por un amigo de juegos de la misma edad al que recordaba como a un hermano, por un hombre, al que llamaba Daniel, que creía que era su padre y a quien quería como si lo fuera, lloró por el recuerdo de los criados, de los perros, los gatos y los caballos. Continuaban vivos y limpios en el único espacio de felicidad que existía en su memoria".

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