Reflexiones desde el desierto

Viernes, 21 de abril de 2017   -    Juan Félix Bellido

Reflexiones desde el desierto

La calle se encontraba más transitada que de costumbre porque era sábado, los palcos iban dejando de entorpecer las calles y apetecía salir a disfrutar de las aceras y de los escaparates. También había más niños porque no era día de colegio. Olía a tostadas y a café con leche y Juan saboreaba lentamente el periódico donde aún humeaban las ascuas de las últimas violencias futboleras, los cafres que no querían desterrar la violencia machista, añadiendo una nueva víctima a la intolerable lista de la barbarie, los tortazos cruzados de los políticos, la alfombra levantada que escondía corrupción por doquier, que salía a flote con una peste que daba nauseas y las miles de locuras que la humanidad se estaba echando encima. Y aquí, más o menos escondiendo el rescoldo para que no nos quemase los pies en el brasero. Y tratando de soportar las aguas turbias que ya no hay quien camufle y que rompen los diques cuando menos se espera.   Y es que, o lo blanco es blanco y lo negro es negro. Es decir, que cuando al pan no se le llama pan ni al vino, vino, o se apaña cualquier chapuza termina por revelarse. Entristece echar un vistazo al panorama desigual, bandido e intolerante, y el lamento está al cabo de la calle. Las pateras siguen llegando, el hervidero de Oriente medio nos envía oleadas de inmigrantes a esta Europa hipócrita y descompuesta. Y aquí a aguantar el chaparrón –que en muchos barrios cercanos también se sufre como en una patera- y a soportar esta locura. Y el dolor se agudiza más, en una tierra como la nuestra, cruce de caminos, vieja y experta en mestizajes, tolerancias, equilibrios y, supuestamente, - corríjanme si me equivoco- abierta. Pero es que no se le puede poner una vela a Dios y otra al diablo. Y tanto va el cántaro a la fuente que termina por romperse.             Y no nos vale el Rambo-Policía, musculoso, frío y artificial. El justiciero de turno que por arte de birlibirloque lo controla todo y domina la situación. El inmortal y siempre triunfador  que sin preguntarte el nombre, ni si tienes el DNI en regla, te mete un tiro entre cejas, y muerto el perro se acabó la rabia, como nos enseñan en el cine cochambre que tragamos diariamente, como el que devora una hamburguesa... al fin y al cabo.                       Y si, además, seguimos viendo celuloide yanqui donde aparezca el General Caster al fondo de la pradera con el 7º de Caballería, perfectamente uniformado, aniquilando indios, aquí una legión de Policías-Rambos van a ser pocos. Y si ,además, dejamos que los generales “Caster”, de mirada altiva y gesto desafiante, que han aprendido en estos nefastos manuales, se han adaptado al plan de estudio de técnica omnipotente, ética rollo y humanidad escasa, memoria histórica nula, filosofía para qué y otras yerbas por el estilo, nos impongan su ley, estamos listos. Aquí, en vez del desierto que geológicamente avanza, lo que va a avanzar será la jungla.             Aquí los Caster se creen que están para ponerse las botas y no para morir con las botas puestas, que al fin y al cabo es un gesto generoso. Y si nos autocreemos la película, me he dicho, a las puertas de este tabanco de sábado andaluz, apacible y soleado, de “muy buenos días, como está usted, me alegro de verle”, los amantes de la carne cruda van a hacer el agosto.             El tabanquero me ha llenado el vaso de vino, y yo le he preguntado por su hija que ha estado con gripe. Afortunadamente le importa un bledo que yo sea escritor y escriba estos artículos. Me llama Juan Félix, sin más. Y me he sentido orgulloso de ser un indio.  

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