Semanas Santas

Lunes, 17 de abril de 2017   -    Antonio Aguayo

Semanas Santas

Quiero comenzar mostrando mi más absoluto respeto por las creencias tanto religiosas como de cualquier otra índole de todas las personas. No entra en mi mentalidad ni en mi ideología el polemizar acerca de la fe de cada cual. Aclarada esta imprescindible cuestión previa, y una vez pasada la Semana Santa, como todos los años me asaltan algunas dudas acerca de un fenómeno, que en su origen debió de ser religioso.
La Semana Santa, tal como la concebimos en España me parece un espectáculo absolutamente fascinante, pleno de colorido, plasticidad, y sensualidad. La fiesta, como tal, tiene su origen tras el Concilio de Trento, cuando la Iglesia Católica considera necesario, frente a la Reforma protestante, hacer hincapié en el uso de las imágenes como ejemplo aleccionador y como modelo de comportamiento para un pueblo, analfabeto en su gran mayoría, al cual se ha de instruir por medio de lo que San Gregorio, mucho tiempo antrás había definido como el catecismo de los ignorantes, refiriéndose a las imágenes. Estas, en unas fechas tan señaladas como son las del recuerdo de la Pasión de Cristo, salen a la calle, en un afán de acercarse a aquellos que, renuentes ante el hecho religioso, precisan que las imágenes salgan a su paso, a fin de llamarlo a la oración y el arrepentimiento. Es en este sentido que en las distintas cofradías que se organizan, muchas de ellas gremiales, se da cabida a aquellos que de forma anónima, (de ahí el uso del capirote) quieren hacer penitencia por sus pecados.
Lo que comenzó siendo una puesta en escena de cara a la penitencia del pueblo, ahora, mucho tiempo más tarde, se ha convertido en todo un espectáculo de masas con una indudable importancia económica debido a la parafernalia con que se monta y, sobre todo, al gran numero de turistas que atrae. Se crean multitud de efímeros puestos de trabajo que durante unos días alivian la maltrecha economía del pueblo trabajador, al tiempo que debido al boato y características que ha adquirido esta fiesta, también origina unos importantes gastos en esa misma clase trabajadora.
Lo cierto es que esta fiesta atrae multitudes, muy difíciles de controlar, como ha sido el caso de la madrugá sevillana, en la cual se han repetido, como hace años, escenas de pánico. Cabe preguntarse a quien favorece esto. No me creo que hayan sido unos delincuentes habituales como nos han dicho. No había ningún beneficio económico que obtener, que es lo que se supone que un delincuente pretende obtener. A no ser que hayan sido pagados por alguien. (Aparte de que las detenciones e produjeron antes de suceder los hechos). Tal vez la madrugá haya llegado a un límite en el cual no se puede salvaguardar la seguridad de esa gran masa de población, y se esté intentando reconducir, vía necesidad, las excesivas aglomeraciones hacia un espectáculo más fácilmente controlable, de cara a la seguridad ciudadana. Habrá que esperar a próximas madrugás para ver hacia donde evoluciona este hecho, cuyas características no está nada claro.
Comparando esta fiesta brillante, rutilante y multitudinaria con otras manifestaciones religiosas, se puede comprobar como la diferencia es abismal. En Évora, una importante ciudad del Alentejo portugués, pude asistir a la única procesión que tiene lugar en la Semana Santa,. En la noche del Viernes Santo, procesionan tres pequeñas imágenes, sobre pequeñas andas portadas por cuatro personas: San Juan, la Virgen y el Santo Entierro. Junto al pequeño paso de Cristo muerto, varios hombres y mujeres, cubiertos con capas adornadas con la enseña de los Caballeros del Santo Sepulcro, acompañan la imagen, seguidos de una banda de música interpretando música religiosa. Junto a ellos, toda una muchedumbre, miles de hombres, mujeres y niños, en el más absoluto silencio y respeto, la mayoría rezando en silencio, acompañan la procesión, presidida por el obispo y el Cabildo catedralicio.
No hay lujo, no hay ostentación, no hay ningún tipo de parafernalia. Sólo la fe de un pueblo, que quiere mostrarla de esta forma. No es comparable con los grandes espectáculos a los que estamos acostumbrados, y tampoco estoy cuestionado nada. Sólo me pregunto en qué momento lo que comenzó siendo un acto de penitencia y recogimiento pasó a ser una fiesta, plena de luz, colorido, plasticidad y sensualidad.

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