Hasta siempre... Don Ruperto

Lunes, 27 de febrero de 2017   -    Juan Ignacio López

Hasta siempre... Don Ruperto

-¡Toc, toc! Con permiso...
-Sí, pasa hijo ¿qué te hace falta?
-Pues soy nuevo y me han dicho que tengo preguntar aquí por la bata y los materiales...
-¡Claro, hombre, bienvenido! Mira, te explico...

Así le conocí. Enfundado en una bata azul, con sus gafas de pasta gorda, poco pelo y cano y una sonrisa en la cara, en su pequeño despacho de Jefe de Taller, en el Centro Salesiano ‘Lora Tamayo’. Llegué hasta allí atraído por la electrónica, poco antes de que me enganchara el ‘bicho' de la radio.  

En aquellos días de bata, talleres y cigarrillos en el recreo, conocí a personajes muy característicos, entre ellos algunos de sus profesores, fueran salesianos o no.   Recuerdo aún la tranquilidad que desprendía el bonachón de Don Santos, la disciplina de Don Julián, o a Don Ángel, a quien pedía una pastilla de Secrepat después del bocadillo, para calmar el ardor de estómago. También recuerdo al entonces director, Don Manuel Herrera, o a Don Julio, en secretaría, que un día nos invitó a probar un café gallego, como él, hecho en un ‘infiernillo’.

No puedo pasar por alto el nombre de Juan Manuel Espinosa, salesiano profesor de Lengua, que no dudaba en llevarse su acordeón a clase y hacernos allí una demostración de su talento. Tocaba también la guitarra y, sobre todo, el piano y el órgano. Fue este salesiano procedente de Sevilla quien me dijo un buen día tras entregarle una redacción “López, no lo haces nada mal… tienes algo escribiendo que es muy interesante… no dejes de hacerlo…”. No le hice caso y me dediqué a la radio, pero el gusto por escribir nunca lo abandoné.  

El primer día en los Salesianos, me llamó la atención que la hora de entrada por la mañana (entonces también había clase por la tarde), fuera a las nueve menos cinco, en lugar de a las nueve en punto ¿El motivo? Los ‘buenos días’. Uno de los hermanos, micrófono en mano, se aupaba a un podio en el que había una caja para conectarlo. Unas palabras en torno a la figura del patrón de la Formación Profesional, aquel chico de I Becchi llamado Giovanni, cuya mamá se llamaba Margarita y que llegó a ser Santo: San Juan Bosco, o Don Bosco, una oración y a clase.  

Este domingo, de camino a Valverde para retransmitir fútbol con Más Jerez Radio, recibí la noticia del fallecimiento del longevo Don Ruperto. Aquel hombre a quien cuando conocí ya era mayor, pareciéndome desde entonces un ‘viejete’ entrañable. Es asombroso, porque hace muchísimo tiempo que no le veía, pero las últimas fotografías que he podido conseguir de él le muestran exactamente igual que hace más de treinta y cinco años.  

Don Ruperto era de Alcaracejos, Córdoba, donde vino al mundo en 1921. Hizo el Noviciado en San José del Valle, donde profesó en 1940, continuando allí su formación e iniciando sus tareas pastorales salesianas. Un año después marchó a Antequera y, en 1942, marchó a Ceuta para hacer la mili, nada menos que por tres años. Tras licenciarse le esperaba Cádiz, hasta 1964, y de ahí a la Universidad Laboral de Sevilla hasta 1971. Ese año sería destinado a Jerez, al ‘Lora Tamayo’, centro que sería su casa hasta este fin de semana. Nada menos que 46 años.  

El grupo de What’sApp de mi clase de entonces ‘echaba humo' el domingo por la  tarde. Sencillamente, porque Don Ruperto, como otros profes de aquellos días, formaba parte de las historias y chascarrillos de nuestra época de estudiantes. Todos recordamos el día que adquirimos el polímetro analógico (foto) al incombustible jefe de Taller.  

Don Ruperto no paró, “entregado a su misión, trabajador incansable en el taller de mecánica hasta la semana pasada, simpático, alegre, y admirable en sus cualidades humanas y en su amor a Don Bosco y a María Auxiliadora”, como ha destacado la comunidad salesiana al conocerse su fallecimiento.  

En enero de 2004 el Gobierno de España le concedió la Medalla al Mérito en el Trabajo. En 2013, el Ayuntamiento de Jerez le otorgaba el reconocimiento de Hijo Adoptivo de la Ciudad “por su "entrega, sacrificio, constancia, devoción, fidelidad y obediencia a lo largo de su trayectoria personal y profesional, dedicada a la docencia y al servicio a los más necesitados, así como firme defensor de la inserción laboral de los jóvenes".  

En la despedida al emblemático profesor y miembro de esta congregación, recuerdan desde la familia salesiana uno de los mensajes de su fundador, Don Bosco: "cuando un salesiano muere en su trabajo fiel, la Congregación Salesiana alcanza el mayor de los honores que se nos pueda hacer".  

Algunas de las frases características de Ruperto Pozuelo Sánchez, Don Ruperto, eran: “La puntualidad, ni antes ni después, sino a tiempo” o “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”. Ha fallecido a los 94 años, motivo oportuno para recordar otra de sus afirmaciones, que ahora completa: “Don Bosco prometió a sus salesianos, pan, trabajo y paraíso. Pan no me ha faltado, trabajo tampoco y espero el paraíso”.  

Para los miles de chavales que pasamos por allí, sin duda, se ha marchado alguien que forma parte de nuestros recuerdos. Descanse en Paz.

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