Andalucía: joven solera histórica

Domingo, 26 de febrero de 2017   -    Juan Félix Bellido

Andalucía: joven solera histórica

Es costumbre habitual en los días de cumpleaños y onomásticas homenajear al sujeto de ese evento y recordarle las hermosas acciones que adornan su existencia. Dos días faltan para conmemorar el Día de Andalucía y darle a nuestra tierra un baño de parabienes tampoco sería malo, y dejar por un día de sentirnos acomplejados,  avergonzados por lo que no funciona tan bien como quisiéramos, por los malos manejos de unos pocos dirigentes andaluces que no atinan ni por equivocación. Y así, aprovechando que el Guadalquivir pasa por nuestras tierras, vamos a echarle un vistazo a la historia de nuestros campos.   Testimonios quedan del asombro y la admiración que suscitaban en los viajeros geógrafos árabes que nos visitaron y que dejaron testimonios fehacientes en sus libros de todo lo que vieron. “Olivos, viñedos e higueras son muy abundantes en la cora de Sidonia”, “su forraje es famoso por su sabor y sus pastos son alabados. Sus aguas no escasean, sus frutos no se agostan ni faltan...”, Ibn Galib, en el siglo XII. O bien vayamos al “Libro de la Agricultura” que en idéntica fecha escribiera en Sevilla Abu Zakariyya y en el que se recrea describiendo los hermosos olivares del Aljarafe y las distintas cualidades del aceite de oliva, base de la dieta mediterránea –que ¡a buenas horas! venimos a descubrir nuevamente como ventajosa y saludable- que la lucidez  “europeísta” de 1492 –con la expulsión de los judíos y la posterior de los moriscos perpetrada por Felipe II-, desterraron el aceite de oliva de nuestras cocinas para introducir mantecas de cerdo cuyas consecuencias para la salud son de sobra conocidas.   Y ahora resulta que los lúcidos señores de Bruselas, no hace muchos años nos quisieron hacer volver, -¡y menos mal que estuvimos atentos y no nos descuidamos!-, a las consecuencias culinarias de la expulsión de los moriscos. Y es que ¡qué sabrá un austríaco o un belga de olivos ni de dieta mediterránea! Así les luce el colesterol. Pero es que –dada nuestra paradoxal admiración por lo de fuera- a lo mejor es más moderno tener el colesterol algo elevado y así ser más europeo. No había que resignarse e hicimos valorar nuestra superioridad olivarera, mantenerla, expandirla y sacarle su extraordinario fruto. El mar de olivos que tanta riqueza da y puede seguir dando a la vida de esta Europa vieja y egoísta, insolidaria e interesada, de arterias endurecidas y riesgos de infarto, que presume de fachada limpia y esconde trastiendas malolientes e insolidarias. Eso sí, para descansar, un chalecito en la costa de Málaga, y aceite de oliva virgen para las ensaladas. Muy sano, mire usted.   Pero ya me he perdido por estos vericuetos europeos, que deben ser la panacea universal y que torpes como yo no terminamos de entender por qué en vez de liderarlos, dejamos que se nos imponga lo malsano y no somos nosotros los que decimos de nuevo una palabra de humanismo global –en estas tierras nos queda a raudales- de filosofía de vida y de sanidad. Pero estoy soñando y lo que tengo que hacer es dar gracias de que no nos arranquen todas las vides, reconozcan ese mar de olivos jienenses y nos sigan permitiendo vender a los del Whisky y la manteca, vino y aceite para bien de sus arterias y recompensa de un trabajo paciente que aquí hace siglos que venimos haciendo.   Y si hay que apechar con las triquiñuelas de los italianos que son los que ponen muchas veces las etiquetas y se llevan la gloria pues diré como mi abuela, “estaría de Dios” aunque no termine de digerir esta resignación que nos han inculcado...  Que negocie el Gobierno. “Felipe, que lo que hay que hacer es salir a la calle o a donde sea y ponerlos contra las cuerdas a ver si despabilan...” Ahora es el tabanquero, ejerciendo de lúcido. Pero Felipe, que debió tener un abuelo rey de taifas, ha decidido cerrar el tema por las bravas: “por mí que hagan lo que quieran; cada cual se las arregle como quiera... ¡con tal que me dejen tomarme a mi unas copitas de Jerez...” Y yo que estoy cansado de todo este trajín, me refugio por un momento –dado que es primavera y esta tierra me sigue enamorando a pesar de los pesares- en unos textos del 961, escritos por el obispo mozárabe de Córdoba, Rabí b. Zayd, en tiempos del califa Al-Hakam II. El Calendario de Córdoba. Así dicen: “En marzo se injertan las higueras. Los cereales sembrados se enderezan sobre sus tallos. La mayor parte de los árboles echan hojas. Los halcones de Valencia ponen huevos en las islas y los empollan allí durante treinta días, se planta la caña de azúcar. Florecen las primeras rosas y los primeros lirios. Las habichuelas de las huertas empiezan a engordar. Aparecen las codornices. Los gusanos de seda salen de los huevos. Los esturiones y las alosas abandonan el mar y suben por los ríos. Se plantan pepinos, se siembra el algodón, los crocos de huerto, las berenjenas, la melisa y la mejorana...” Sueño con mayo que está en el horizonte:  “Los olivos –escribe este mozárabe- y la vid echan fruto. Las abejas preparan la miel. Las especies tempranas de manzana y pera maduran y también las bayas negras llamadas “ojo de vaca”, al igual que los albaricoques, las cerezas y los pepinos. Es el momento de poner en conserva las nueces y de exprimir el jugo de manzanas”   ¡Qué patrimonio cultural! De raza le viene al galgo. De los tiempos lejanos le viene la riqueza a esta tierra. Valdría la pena seguir soñando con no perderla. Compartirla sería de beneficio para la vieja Europa que también es nuestra por derecho propio. Curaría la miopía, no sólo el colesterol. Pues eso, felicidades.

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