Futbol y democracia

Domingo, 5 de febrero de 2017   -    Antonio Aguayo

Futbol y democracia

Somos el resultado de nuestra historia de vida. La educación, la familia, los amigos, las vivencias, las experiencias, los triunfos y, sobre todo los fracasos, nos van haciendo lo que somos, en lo que nos hemos convertido en el devenir de los años. Decía Max Aub que uno es de donde estudia el bachillerato. Estoy totalmente de acuerdo, y he de añadir que lo aprendido en ese momento, en esa etapa de tu vida que está entre el instituto y la universidad es de lo que más te marca de cara al futuro. He de reconocer que a mi me tocó vivir una época especialmente rica e intensa en los años 70. Mi paso por la universidad estuvo marcado por los últimos años del franquismo, la muerte del dictador y los comienzos, inciertos y balbucientes de la incipiente democracia. Es estos años se fraguó mi pensamiento, tanto político como social, que no quiere decir que no haya evolucionado hacia posturas diferentes a las de aquellos momentos de dura lucha y confrontación, en los que el compromiso social era fundamental, no sólo con tus compañeros y compañeras, sino, y sobre todo, contigo mismo.

Es de aquellos momentos de los que me queda un, probablemente excesivo, rechazo hacia el futbol. No me estoy refiriendo al deporte en sí, sino como espectáculo. Durante mis años de instituto y universidad al futbol se le denominaba como “el opio del pueblo”, no quiere decir que la religión no lo fuera. Ninguno de los que por aquel entonces nos considerábamos políticamente comprometidos y que éramos tildados, un poco despreciativamente por la sociedad como “progres”, y que orgullosamente asumíamos dicho calificativo, a ninguno de los “progres”, repito, se nos ocurriría decir, ni aún pensar, que nos gustaba el futbol, pero ni tan siquiera, no digo comprar, ni aún leer un periódico deportivo.

Es cierto que la dictadura franquista potenciaba el espectáculo del futbol. En épocas de conflictividad laboral, o en días señalados, como el 1º de mayo, se ponían varios partidos a lo largo del día, y si podía ser, del Real Madrid, pentacampeón de Europa en aquel momento, y orgullo del Régimen. Se ensalzaba por medio del futbol las cualidades inherentes a la raza hispánica, de la que carecían el resto de los países con los que había que jugar. Pero al mismo tiempo se daba vía libre en los campos de futbol a toda la ira reprimida en otros órdenes de la vida, que se encauzaba inteligentemente contra el equipo contrario y, como no, contra el sufrido árbitro, que siempre pitaba penaltis a favor de los otros, fueran quienes fueran. El futbol se convirtió en un analgésico, encaminado a calmar dolores más profundos que los meramente deportivos. Y había un partido cada semana, o a lo sumo dos, cuando había competiciones europeas.

Es por eso que me llama la atención, o quizás no, que ahora haya futbol todos los días de la semana, que los equipos paguen sumas auténticamente insultantes para un pueblo en que una buena parte de su población está en el paro. Llama la atención que se valore más las habilidades de un señor que sepa llevar bien la pelota en sus botas, que a los científicos, historiadores o cualquier tipo de profesión intelectual. Me indigna que una buena parte de nuestra juventud tenga que emigrar en busca de un lugar donde se valore la preparación que aquí le hemos dado, y que en cambio se permita pagar por alguien miles de millones de euros, que después incluso se van a permitir el lujo de defraudar lo que gana, a  hacienda.

No me extraña, sin embargo, que en este orden de cosas se utilicen los equipos de futbol por desaprensivos para defraudar, para lavar dinero, para hacer política, o simplemente para robar. Todos tenemos nombres en nuestras cabezas.

Es cierto que durante la dictadura había una sola cosa contra la que luchar, y todos los esfuerzos estaban centrados, por un lado y por otro en esa lucha. Hoy hay muchos más frentes abiertos que la lucha contra una dictadura visible y concreta. Hoy la lucha es mucho más abierta, mucho más amplia, mucho más diversa, pero no menos dura. Tanto en el terreno político como en el económico y social son muchos los frentes abiertos, y muchos los peligros que nos acechan. No me extraña que haya futbol todos los días. Los poderes actuales aprendieron bien la lección de sus maestros.

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