¿Quién lo salvará?

Miércoles, 4 de enero de 2017   -    Antonio Aguayo

¿Quién lo salvará?

Comienza el año, un año más y no aprecio que el mundo haya cambiado de manera significativa debido al cambio de fecha. El tiempo es uno, no tiene etapas, no tiene compartimentos estancos que se puedan cerrar y tirar la llave. Es un devenir continuo, una corriente que fluye incesante, sin límite, por mucho que le queramos poner nombres, fechas y límites. El tiempo es como el latido de la sangre en las venas, incesante y continuo, hasta que se para. Y el mundo no entiende de tiempo. En el nuevo año los asesinatos de mujeres continúan siendo lo habitual y cotidiano, con lo que estamos acostumbrados a desayunarnos, la justicia sigue favoreciendo a los poderosos, por ejemplo a la iglesia, siguen las guerras, sigue la corrupción, sigue, sigue, sigue…

Le pregunto a Jano, aquel de doble rostro que ya se negó a responderme el otro día, cual es la solución. El dios me responde con la soberbia y la prepotencia con que suelen hacerlo los dioses que se creen dioses, sin darse cuenta que lo son porque así lo hemos querido, porque así los hemos soñado, y ellos se conforman con su aparente divinidad, y a nosotros nos sirve para esconder nuestro miedo. Jano, mirando insistentemente con su rostro orientado hacia atrás murmura despreciativo: parece mentira que me preguntes la solución. Si fueras un poco inteligente conocerías la respuesta. Ya te fue dada hace mucho tiempo. Y el mundo no ha cambiado en lo esencial. Recapacito y medito en las oscuras palabras de Jano, oscuras como todas las de los dioses, pero sin embargo sabias. Es evidente que la solución ya fue dada hace tiempo, por un hombre genial, que tampoco estuvo de acuerdo con el tiempo que le tocó vivir, y que no se resignó al silencio, más allá del que él tenía en sí mismo.

Viene a mi memoria el Perro semihundido en la arena, la enigmática e inquietante pintura de Goya, y probablemente la mía preferida sobre el resto de obras de todos los siglos.  En el cuadro, originariamente un fresco, ahora trasladado a lienzo, de gran altura, el perro, del que emerge tan sólo la cabeza, ocupa una mínima parte de l conjunto del cuadro, en el que predominan los tonos ocres, con algún rasgo negro. Todo el resto del cuerpo del perro permanece oculto, sepultado, en lo que parecen arenas movedizas. No ladra, no grita, no se desespera. El perro parece estar quieto, angustiado ante la inminente muerte, pero en su rostro, en su mirada, no se aprecia la desesperación que podríamos esperar. Sus ojos miran de manera insistente, fija, hipnótica, una gran montaña que parece emerger entre la bruma ocre del cuadro. ¿Qué es esa montaña, qué significa? El cuadro forma parte del conjunto pictórico denominado Las pinturas negras de la Quinta del Sordo. ¿Por qué ha sido castigado el perro, qué delito ha cometido para ser sometido a una muerte tan atroz? La montaña podría estar haciendo referencia al monte Olimpo, residencia de los dioses, al cual, con engaños, accedió Prometeo, consiguiendo robar el fuego sagrado de los dioses, por cuya falta fue castigado enviado a las humanidad el regalo de Pandora, portadora de todos los males,… y todos los bienes, cuyo único legado fue la esperanza, que no es poco.

¿Qué espera el perro? Sabe que no puede confiar en las fuerzas que le rodean, los políticos, Iglesia, dioses, economistas. Todos ellos son los que le han enviado a la situación en que se haya, todos ellos quieren su destrucción y muerte, al menos en la forma actual. Si esto es así, ¿por qué no se desespera? La respuesta está lo que el sabe que robó Prometeo, el fuego. El fuego capaz de insuflar vida a la humanidad, ese fuego que se logra con desobediencia, al igual que hizo Eva, el fuego de la inteligencia, del conocimiento, de la sabiduría. Aquello por lo que se les castigó, a uno y a otra. Los dioses no nos quieren inteligentes, no nos quieren sabios. No quieren que seamos parecidos a ellos.

La ayuda para salir de nuestro castigo, al cual nos han sometido aquellos en que confiábamos, aquellos que deberían de salvarnos, somos nosotros mismos, nuestro conocimiento. Un pueblo sabio, culto, es el peor enemigo de esos dioses humanos, esos políticos, esos líderes. El perro sabe que no puede confiar en nadie, solo en sí mismo, en su inteligencia.

Jano me mira y sonríe. Por una vez se ha hecho entender, aunque la solución, como buen dios que es, no le gusta demasiado. Ahora es él el que peligra.

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